La antroponimia aragonesa: entre la definitiva extinción y la tímida recuperación

5. Noviembre 2009 | Por Alberto Gracia Trell | Categoria: Aragonés, Literatura y Lingüística

Es de sobras conocido que la onomástica está compuesta por dos grandes campos: la toponimia (estudio de los nombres de lugar) y la antroponimia (estudio de los nombres de persona). En lo que hace referencia a la onomástica aragonesa, son aún pocos los títulos publicados dedicados a la toponimia y, centrándonos en la antroponimia, la lista bibliográfica se reduce todavía más.

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En el presente artículo queremos hacer un breve recorrido divulgativo por algunos antropónimos aragoneses y su presencia y rastro en nuestra tierra. Bien es cierto que varios antropónimos todavía mantienen cierta vitalidad en el Alto Aragón. Podemos señalar sobre todo aquéllos que permanecen petrificados como denominaciones de casas –oiconimos–. En esta línea, un caso bastante elocuente es el de Francho (cast. Francisco), que se localiza como nombre de casa en Longás, Otal, Laspaúles, Capella o Sobás; la forma femenina, Francha, está presente en Esposa o en Echo, e hipocorísticos como Francher en Ponzano o Peraltilla; o Franchote, en Lascellas (estos tres últimos situados en el Somontano de Barbastro).

Por otro lado, hoy en día, en virtud a la Ley del Registro Civil que permite que cualquier niño sea inscrito con el nombre que sus padres deseen en cualquier lengua peninsular, ha tenido cierta incidencia que algunos niños sean bautizados con nombres aragoneses (los más numerosos, según las estadísticas, son Francho, Lorién, Chusé, Luzia o Bizén) o incluso reciben el nombre de diversos topónimos (véase el caso de Ixeya). No obstante, incluso en un aparente gesto de recuperación de los nombres propios, observamos una desvirtuación de los mismos: es común, por ejemplo en la ciudad de Huesca, que cada vez más el antropónimo Lorién, con el que son bautizados un número considerable de niños, se está ‘transformado’ en Lórien (sic).

Cabe señalar también que, al igual que en la toponimia, en la antroponimia es de capital importancia poseer de documentación, cuanto más antigua, mejor. En este sentido, destacamos, por ejemplo, el libro El valle de Aísa (1993, pp. 231-234), de Genaro Lamarca, donde recoge una relación de oiconimos extraídos de un documento eclesiástico decimonónico de Aísa (Jacetania), en él encontramos datos tan interesantes como los siguientes: Casa Chil, Casa Chusantón, Casa Iguacel, Casa Francho, Casa Antón de Lucia (que no Lucía) o Casa Teresa de Chusantón.

Por tanto, la onomástica está estrechamente ligada a la tierra y a sus gentes. De esta manera, también la toponimia es reflejo de la propia antroponimia. Así, existen a lo largo de todo el Alto Aragón numerosos nombres de casas, campos, partidas de monte o ermitas que contienen nombres aragoneses: Chuan, Beturián, Chusé, Luzia, Chorche, Olaria, Chulián o Chullán, Bizén, Zilia, Francho, Antón, Orosia, Úrbez, Chaime, Rafel, Mateu, etc.

Brevemente señalaremos algunos antropónimos no muy conocidos. Así, tenemos el caso de Póliz (cast. Hipólito), cuyo hagiónimo es el nombre de una localidad despoblada del valle de Rodellar, en el Somontano de Barbastro, y también en Niablas (Sobrepuerto, Alto Gállego) recibe este nombre una fuente y una faxa, y también es la denominación de una ermita de Castillón de Sobrarbe. Aunque, parece ser que la forma original está siendo sustituida en algunas zonas por la híbrida Polito, nombre, por ejemplo, de una casa de Ponzano. También en el Somontano de Barbastro, encontramos el pueblo de Santo Tornil –o Santatornil– (cast. San Saturnino). Tanto San Póliz como Santo Tornil eran las formas exclusivas con que eran conocidas ambas localidades hasta que recientemente San Hipólito y San Saturnino han querido sustituir a las anteriores.
Entre los femeninos, destacamos: Andreba, femenino de Andreu (cast. Andrés), nombre de casa documentado –hasta ahora– en Esposa, Ansó y Embún (Jacetania); u otros antropónimos –muchos de ellos, nombres de vírgenes– como Nunila o Nunilo, Alodia, Jara, Baldesca, Puyeta o Escagüés.

En la toponimia mayor, las formas aragonesas también han dejado su impronta y han resistido la uniformación castellanizadora. Son los casos, además del ya mencionado San Póliz, de San Lorién, aldea de Sobrarbe. En el propio Sobrarbe encontramos la aldea de San Belián, antropónimo que reaparece, en el nombre de una partida de monte de Adahuesca, bajo las formas de Belián y Belians. En la Hoya de Huesca tenemos la localidad de Vicién (cast. Vicente), y, finalmente Olaria (cast. Eulalia) aparece en los pueblos de Santolaria de Galligo –oficialmente, Santa Eulalia de Gállego–, Santolarieta –oficialmente, Santa Eulalia de la Peña– (ambos en la Hoya de Huesca) y Santa Olaria (Sobrarbe).

Al igual que a la propia lengua a la que pertenece –el aragonés–, la onomástica aragonesa se encuentra en un estado muy crítico –nos atreveríamos a decir que terminal–, que, como las propias localidades mencionadas, como San Póliz –en estado de ruinas–, que ha permanecido inalterable con el paso de los siglos, pero que en las últimas décadas se encuentran en un estado de latencia.

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